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domingo, 6 de septiembre de 2009

Adiós cielo eterno


El aura que irradiaba enaltecía todos sus atributos, incluso aquellos que parecían ser inocuos.

Ella, sonrió tímidamente mientras cuidadosamente tomaba su cabello para sujetarlo de manera que se deslizara por su espalda, dejando así su escote a la imaginación más voraz.

Él, inexorablemente atónito, solo se atrevió a tomar sus manos y sentir la suavidad de su piel desde las muñecas hasta el final de cada uno de sus dedos; luego de juguetear con ellos por un momento, miró fijamente sus ojos y llevó esos gráciles dedos a su boca, los besó tiernamente en tanto que ella sonrojaba sus mejillas hasta sentir que iban a explotar de calentura.

Luego que su lengua dudara por segundos, abrió sus labios y le brindó a esos gráciles dedos la virtud de la humedad de su provocativa boca.
Al paso de ese gesto, se pulverizaron todas las etéreas murallas que los separaban.
Ella, con sus dedos húmedos, acarició sus labios mientras se acercaba cada vez más a su respiración; los besos que siguieron a continuación generaban cielos brillantes, ondulantes rayos solares que se colaban por pequeñas nubes dando la impresión de paraísos en arcoíris que brotaban de cada sonido entre ambas bocas.

Como en un sueño, las paredes, el piso, los muebles… todo se iba suprimiendo creando la ilusión del universo con estrellas que dormidas emanaban una serenidad excepcional.

Sus ropas también parecieron eclipsarse en ese momento reinante de sentimientos.

“Ven, consume cada fragmento de mi piel, roba el aroma que emano bajo tus abrazos, y regálame sonrisas que se mantengan aún en mi tumba” musitaba ella.

Él, conmovido sacudió su cabello, besó sus mejillas, acarició fascinado su cuello y bajo sus manos hasta su pecho. Permaneció en esa posición por unos instantes, miró nuevamente las sonrojadas mejillas de ella y esperó hasta que su corazón palpitó tan fuerte que despertó algunas estrellas, las cuales, silentes observaban la escena.

Luego de un abrazo tentador, abrió un camino entre las galaxias para recostarla y poder besar sin pérdida alguna cada átomo que la conformaba.

Y así la colmó de elegancia, así entro a ella en fuertes movimientos que le originaban gemidos que escucharon nebulosas enteras.

Lagrimas corrían por su rostro mientras él hacía promesas de astros a sus pies, esas lagrimas silentes que se colan en momentos especiales cargados de emociones. Él, al notar esas gentiles lágrimas, las secó con sus labios y la cubrió con un abrazo abrumador, hasta que ella, saturada de tranquilidad, se percató de oraciones y llantos que provenían alrededor de su tumba.

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