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viernes, 26 de abril de 2013

Sobre neblina




Aún en las montañas se transgrede con un fuerte suspiro, una mirada desviada.
Ella comenzó buscando flores violetas y terminó en la mirada de miles de borregos,
El frío desgarrador pidió que él acercara sus manos.
-A los hombres les exigen proteger y a las mujeres ceder-
Y esto era recurrente, aun así, su espíritu iba más allá de lo socialmente impuesto, y parecía ir con un pie delante como desafiando el poderío de la naturaleza, pero en verdad buscaba realzar su Ser, quizás perdido entre tantos frondosos árboles.
Y por momentos parecía perderse un momento de su figura tangible, volar y venir de nuevo. Hasta que cruzaba su mirada con los ojos de este chico, que improvisaba entre conversaciones, iba del cielo al mar.
Su forma de mirar era exploratoria, pero no se escapaba de ser lo más parecido al sol, ausente ese día, por demás.
Sus ojos miel te invitaban a mirar los latidos de su corazón, trataba de esconder una mínima esperanza, una inocencia casi de ensueño… hasta que ambos volvían a fragmentar su mundo, a poner por encima sus principios.
Y así se fueron alejando de los caminos transitados,
Ella se aferraba en conseguir algún lugar donde sepultar algunas lágrimas, quizás para luego entregarse por completo a un banquete de cariños, besos y sentimientos que traía cuesta arriba, pero que para nada iba a regalar a cualquiera.
Y siguieron pendiente arriba,
Mientras más se alejaban de otras voces más intercambiaban miradas, roces.
Pero esta chica, nada común, tenía otra intencionalidad: llevarlo hasta lo más profundo de su ser, extraer los gusanos que le carcomían el sueño y luego arrullarlo y bordearlo con sus brazos.
-A los hombres no le permiten mostrar debilidad, a los hombres los obligan a ser príncipes azules, por lo menos en nombre-
Y ella, cansada de encarar el orgullo por momentos parecía desvanecerse en el silencio y retomaba con una frase banal, un recuerdo quizás coloreado.
-A las mujeres les exigen tener siempre una respuesta-
Las nubes descendieron, el pidió que volvieran, pero ella no había llegado hasta allá para nada, se enfrentaría a las nubes, se cubriría con la lluvia.
Y entonces se desfragmentó la unión que parecía inminente.
Él, quién no permitiría ordenes se fue en sentido contrario, quizás esperando que corrieran tras sus pasos.
Y ella se adentró aún más en la neblina, buscando la tumba para dejar los restos de su espíritu marchito y dar la bienvenida a esa nueva sonrisa, a ese nuevo brillo.
Pero jamás volvió, se perdió entre el existencialismo de los árboles, se dejó llevar por el murmullo de las flores, y quedó congelada cuando sus lágrimas comenzaron a asomarse.
El nunca dejó las montañas, está convencido que ella le habla cuando los árboles revolotean y todos los besos quedaron en ese plano de la fantasía que nos obligan a enterrar.

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