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martes, 23 de noviembre de 2010

Inopia de amor


Venían algunas ráfagas filosas,
Aunque tratara de mantener sus ojos abiertos y sus reflejos activos, el dolor de cada golpe era una estrella extinta.
Y ¿qué podría pedir?: ¿Perdón?, ¿Piedad? ¿Clemencia?
Mirada carcomida por la violencia, los gritos acentúan la victoria, el poder.
Y la sangre se vuelve traslucida cuando verbalmente hace añicos el corazón ceñido con el alma, si es que queda algo de ella…
Hombre que destroza a la mujer, madre de sus hijos; hombre que destroza a sus hijos, descendencia de agresión.
Por cada lágrima derramada por ellos, hombre infeliz, se te van quemando las arterias hasta arderte el corazón, y en tu lecho de muerte nadie lamentará tu ida, nadie extrañará tus gritos ni tus manos contundentes.
Y esa mujer que dice amarte recibe cada uno de tus garrotazos, llorando en silencio para no despertar a los niños, que aún así sollozan en la habitación.
Sigues jugando al niño explorador, consiguiendo herramientas para dejarlas impregnadas en la piel de tu mujer, hasta que ya no hay forcejeo, ni unas pequeñas manos que te den la pelea, piensas: He ganado. Obtienes el repudio del mar y el cielo, te llevas el premio mayor de acompañante de excrementos.
Vacilador de justicia, preso de la soledad en tus hombros, tan fuerte te abraza que debes recordar que tienes a alguien bajo tus pies.
Y tu débil mujer que comienzas a vivir más en el piso que a la altura de tu valor,
Mujer, ¿Eres presa del miedo, o de la ausencia de autoestima?
Tus hijos comienzan a creer que esa es tu mención, quizás poseas más miedo a la vida que a la muerte, ya que no te preocupas por vivir solo esperas la muerte con el anuncio de un grito.
Por cada mujer que padece de violencia domestica, tendríamos de reserva un Amazonas más. 
Y solo quedan las palabras de consuelo… las palabras de aliento, pero a las palabras se las lleva el viento, las cicatrices permanecen y nunca deja de enrojecer.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Audiencia permeable de los recuerdos


Esta noche no hace falta que me escuchen, o me hablen
Bordeo las luces de mi divertida perspectiva, animada, exótica, y suave.
Mis ojos forman una sola sonrisa con mis labios, cristalinos.
¿Qué ha de importarme si no estás?
Si todos vibran al son de la ausencia.
Pueden ser las frases que busco para cerciorar que tu mente me llamará cuando no escuches más voces que la tuya propia.
He estado soñando que salto al mar y cuando me convierto en un punto en movimiento entre el cielo y el océano se desprenden mis miedos al no ver nada más, solo un movimiento en la oleada que me acerca y me aleja del azul del cielo.
¿Qué podrás decir de mí?
Que táctica usarás para tachar mis palabras.
¿Qué podrás olvidar de mí?, si ávidamente derrochabas tus cinco sentidos en mi piel.
Me declaro culpable de dibujarte,
Puede ser el castigo de tu aura por querer colorearte con mis cuerdas vocales.
Para no difamar más las personalidades volátiles, orgullosas, manipuladoras, calculadoras y magister en lujuria, cedo todo gesto y actuación a la delicia de mis 24 horas continuas. A los esclavizantes recuerdos que forman posters en las paredes de mis pupilas.
Voy aludiendo mi fragilidad para que se convierta en el trofeo polvoriento de tu estante, y tomo mis fortalezas para asomar mi presencia entre los caminos más intensos.